Dejame que te cuente una historia, antes de que mis demonios me atrapen, antes de que tengas que irte....

24 nov. 2009

Recuerdos, que se volverán el pasado por siempre al menos hasta que me tomes en cuenta... sin reproches sin cicatriz,,, sin ganas

00:01



[Melancolía]







Te tenía tan lejos que anhelaba tu quijada;



alargada, ensanchada, disuelta;



clavada en mi cuello;



exprimiendo mis senos.







Veo, entre los recuerdos que archivé de ti,



el ombligo desierto, insípido y seco



que me regalabas cada 27 horas.







Extraño no penetrarlo con la humedad de mis palabras,



y me invade la nostalgia de lo que nunca hemos planeado.







Por acto reflejo, sé que echo de menos



escuchar los borbotones en tus flancos;



sentir la cascada de tu saliva;



ahogarme entre las risas con las que celebrabas tus deseos.







Sentada frente a las hojas,



mis dedos se intimidan con la tinta que plasmo en mi diario,



pero las palabras se quedan y a pesar de ser pecaminosas,



las recibe tu ombligo abandonado en el colchón,



y muy serio,



las absuelve sin condiciones.







La nostalgia de tu quijada me amarra a la cama;



tu mirada insiste en verme como la virgen que nunca fui.



Yo sonrío y entiendo que eres un tonto.



Me despido de ti y te saboreo por última vez.







Tú, ansioso, casi adivinas lo que hago,



pero sin seguridad alguna y por si acaso,



me clavas con tu saliva y remachas mis andanzas,



con tus deseos cantados al alba;



como en una poesía maldita,



como en una mentira hecha promesa,



como en una plegaria inútil.







Por mi parte, he dado vuelta a la pieza con que te atraía



pues te he dado jake mate;



y en medio de tu mar egocéntrico,



te aferras a la torre de tu soledad,



al rascacielos de tu abismo,



e inútilmente, te niegas a perder esta batalla.











No te haz dado cuenta que ambos hemos sacrificado nuestros imperios.







No te haz dado cuenta de que por ti y por mí, es que llevo luto.







Morbosos, arrodillados sobre un mar rojo;



miramos los restos del cadáver de nuestro idilio,



tirado,



desecho,



como un harapo desgarrado,



v e n c i d o …







Al final, nos tomamos de las manos;



nos sabemos culpables,



y enmudecidos,



no buscamos justificación a nuestra insensatez.







Sólo somos los asesinos maniaco-depresivos



que le han matado.

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Simples

Simples
en el silencio del acto.. radica su fortaleza